Juro que traté de ignorar, las ganas de entrometerme en esa conversación. Y estuve a punto de lograrlo... Ganas no me faltaban de estar, el menos tiempo posible, en ese baño que todavía guardaba las pestilencias de la tarde anterior. La conversación se hizo inevitable, cuando el cubículo de al lado, se abrió en desmedida energía y escándalo. Desde ahí salía esta voz, irónicamente, pastosa que junto a su parsimonia arrastraba la última vocal de cada palabra. “El mío me lo regaló mi novio en San Valentín y dijo que me compró el azulito porque pega con mis ojos, miren.” Las demás, en un chillido unísono, contestaron “¡Ay que lindo!” Pero no fue hasta que la chica de las palabras largas dijo; “Ahora sí que estoy súper ready...” que empecé a maquinar. ¿Ready pa’ que? Me corrompió una intriga impulsiva de averiguar cuál era el objeto, que causó tanta conmoción entre las chicas y salí despavorida, olvidando hacer, algún acto de disimulo para obviar mi investigación “cubicular”. Nunca se me hubiese ocurrido que este nuevo ítem, que para ella era azulito y lindo, estaba por hacer una pandémica aparición en mi vida. El resto del día en la universidad, fue una locura. Mi profesora de francés sacó uno en medio de la clase y habló por dos horas, sobre lo práctico y necesario que era tenerlo accesible. Mientras tanto, una compañera de clase, interrumpiendo sus emotivas anécdotas, me decía en susurros, “Loca, ayer como que, estaba paseando al perro, loca y casi lo uso.” Todas alardeaban, incluyendo a la maestra, de sus últimas adquisiciones. “Profesora, en Burger King los están regalando con el combo agrandado...” Se escuchó un “¡Queee!” rotundo y anormalmente alargado que dio inicio a el alboroto, que próximamente se formó en el salón. Mientras unas los describían verbalmente, otras que lo tenían en sus carteras, los sacaban emocionadas, esperando ser la envidia de las demás. Fue tal la estimación que recibió, desde su primera aparición protagónica en la pasada huelga estudiantil, que una huelguista sacó uno de su cartera con la cara del Ché. “Hasta la victoria siempre.” Dijo, presentándolo con una mano al aire y la otra posada en el corazón. Habían de todos los colores, formas y texturas; en forma de lipstick, corazones, estrellas, de marca, imitación, en llaveros, venían en collares o pantallas, y todo un amplio y adorable repertorio, de la popular herramienta de defensa personal.
Salí de la clase confundida. ¿Acaso yo era la única desarmada en el recinto? Nadie podía saber esto. Imagínense, presa fácil para los depravados sexuales que andan por ahí sueltos. Estuve el resto del día nerviosa, mirando para todos lados, dudando de cualquier persona que casualmente se dirigiera al mismo lugar que yo. Esa semana, las portadas del periódico, hacían una alarmante cifra de asaltos por pie cuadrado. Traté de seguir con lo que alguna vez fue, mi firme postura pretensiosa, en la cual creía, limitadamente, que mi inteligencia se iba a sobreponer sobre cualquier adversario. Pero, por cuestiones obvias, no quería ser un blanco fácil del crimen, tenía que adquirir este innovador producto que según mencionaron en un artículo de El Nuevo Día, era “El nuevo pesticida del crimen.” Era un accesorio y elemento esencial del fichureo bizarro del momento. Así que compré por internet, el Iphone de los gases lacrimógenos; tenía una alarma para cuando se acercara el criminal, una bombilla que prendía y apagaba con un alcance espacial, por otro lado, el gas llegaba a casi 40 pies de distancia y tenía distintos módulos de disparo como “Sniper shot”, “Mist mode”, “Potential Criminal mode”, entre otras alternativas que me permitían tener un acierto infalible.
Me llegué a creer indestructible. Estuve semanas visitando lugares, que había parado de visitar. Iba a barras de mala muerte, volví a mirar mal a la gente, tocaba bocina en los tapones e incluso, a un muchacho que se tropezó conmigo, le dije “Mira ten cuidao’...” No volví a sentirme persiá hasta que, de mala gana, me di cuenta de algo aún más alarmante que la cifra en si. Desde que salió aquella portada en el periódico, nadie caminaba en las calles a altas horas de la noche, sin el chaleco anti-balas y el casco anti-balas perdidas. Había todo un protocolo de preparación para salir, aunque fuese solo a pasear al perro o a botar la basura. Seguí siendo pretensiosa, con o sin, el gas pimienta. Inteligencia y pepper spray...los criminales se jodieron conmigo. Eran las 12 de la media noche, caminaba por Santurce, con una mano descansando en el pepper spray, que guardaba en un estuche en mi correa, como si fuese vaquera. Escuché unos pasos sospechosos detrás de mi. “Psst...” Ay bendito, si este supiera... Pensé, mientras me viraba confiada, alcanzando la lata colorida en mi cintura. Lo que no me imaginaba era que la nueva tendencia en la moda criminal, era asaltar con máscaras antigas.
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