I
Aquel
veintidós de agosto de 2011, tal como lo había planificado, Raúl abrió los ojos
por primera vez después de tres décadas en estado de coma. El doctor Douglas,
cuyo padre recibió al recién ingresado poco después del fingido accidente en la
autopista número dos en 1981, apenas reaccionó al ver a aquella momia resucitar
casi naturalmente, por su propia voluntad.
Los dos
hombres se miraron mutuamente por medio segundo, cada cual para confirmar que
lo ocurrido era cierto. Para los dos, el suceso fue un alivio: Douglas tendría
un moribundo menos que cuidar, y Raúl ya habría superado la primera parte de su
plan. Raúl notó que ya no estaba en la misma sala en donde su fallecido
cómplice, Douglas padre, lo había inducido a la coma por acuerdo secreto, y que
ahora estaba a sólo dos pasos de la morgue del hospital.
–Pensaron
que iba a morir. Idiotas- se dijo Raúl.
–Y no está
mal pensarlo. Su familia lo sabe todo – respondió Douglas con la misma
indiferencia con que lo vio despertar.
Ignoró esas
últimas palabras e intentó recogerse. La parsimonia del doctor terminó por
agobiarle, y se levantó para lavarse la cara. Casi había olvidado los años que
habían pasado desde que se miraba en un espejo, y descubrió un poco sorprendido
su cabeza calva, y los parchos de cabello que quedaban ya sin rastro de
pigmentación.
- ¿Tendrá
algún producto para crecer el pelo? - pidió serenamente.
- ¿Qué se
cree? Milagro fue que saliera de la coma- respondió Douglas, un poco indignado.
Aturdido,
Raúl pasó a pensar en lo que anteriormente le indicó el doctor y a repetir la
oración en su mente: “su familia lo sabe todo.” No le importó averiguar si era
verdad lo que había escuchado. Sus planes se habían alterado, y tendría que
enfrentarse a su familia. No quiso perder tiempo y se vistió para largarse.
- ¡Menudo plan el que tuviste, Raúl Rosario! ¡Vaya genio!
– interrumpió el doctor, tuteándole y emocionado por primera vez desde que
trabaja en ese hospital.
- ¡Qué sabe usted! – respondió casi llorando Raúl.
- Mi padre, tu cómplice, también se reía de ti. Me dijo
cómo tú mismo le pediste la coma. ¡Y todo por tus locuras!- se burló.
- ¡A la mierda usted y su padre! – sollozó Raúl, airado.
Pero Douglas decía la verdad. Raúl, un hombre rico y
aburrido, tenía claro su vicio: la tecnología. Su afán extremo por descubrir
nuevos horizontes tanto tecnológicos como científicos lo llevó un día contra la
pared: le desesperaba la lentitud de la década, de manera que decidió hacer un
salto hacia el futuro con la ayuda de Douglas padre un veintidós de agosto de
1981. Despertaría treinta años después sintiendo que sólo minutos habrían
pasado. Nunca le mencionó nada a su familia, y había organizado el accidente en
la número dos con mucha cautela. Pero Douglas padre, luego de varios años,
viendo cómo sufría la esposa, le hizo saber a la familia sus planes. El
problema de Raúl, este hombre dizque moderno, no sería lidiar con los cambios
de los tiempos: ¡este precisamente era su anhelo! No tendría que acostumbrarse
al siglo nuevo, sino que se lanzaría de lleno hacia él, hacia lo nuevo; quería
que lo saturasen de novedades.
II
Llegó a su casa cerca del mediodía. Reconoció su antiguo
domicilio por fuera, mas no por dentro; estaba ansioso por descubrirlo
nuevamente. Entró sin fijarse en los nuevos ornamentos, en el cambio
infraestructural de la casa. Raúl no vio que lo único que permanecía casi igual
después de tantos años era la localización de su cuarto con su mujer; no vio
que su antiguo jardín estaba cubierto por cemento, que el perro Maxi no rondaba
ya por la casa, y que la mesa de cenar larga que dividía la casa por la mitad
había sido sustituida por un mostrador sencillo y minúsculo en donde jamás
podrían caber las cuatro personas que constituían su familia. Quizás lo más
imperdonable fue que al entrar a su antiguo cuarto, no se le ocurrió averiguar
que el hombre extraño y canoso que abrazaba a su mujer en la foto sobre la
mesita de noche, no era él. Examinó el cuarto superficialmente y sólo se
interesó por una botellita de pastillas. Como con el producto del pelo,
sobrestimó a este “invento del futuro” de acuerdo a sus fantasías ochentosas y
pensó que servirían para acceder a estados mentales con capacidades síquicas
sin límites. Sin embargo, la etiqueta de la botella simplemente leía “PASTILLAS
ANTIDEPRESIVAS”, y al no entender esas palabras, la echó a un lado.
De momento, escuchó en la sala de la casa a un hombre
hablando. Zarpó de su cuarto y repentinamente se topó con dos bolas de grasas
sentadas en un diván, las cuales, de no ser por sus voces, jamás hubiera podido
reconocer: Jane y Lisa, sus dos hijas.
-¿Pa-padre?- titubeó Lisa, y se desmayó.
Jane, por otro lado, recibió a su padre con la misma
apatía con la cual Douglas lo vio resucitar. Con sus ojos achinados por la
gordura de su cara, lo ojeó por un segundo,
lo descartó rápidamente tal como si fuera una de las millones de fotos
de sus amigas conocidas y desconocidas que veía a diario por las redes
sociales, y volvió a ensimismarse en su computadora portátil. Antes de
permitirse reaccionar al desfallecimiento de Lisa, Raúl centró su mirada en el
aparato plano y liso que frente a él mostraba a un hombre negro engabanado en
el Capitolio dirigiéndose ante un público numeroso. Raúl, cuya mentalidad no
había cambiado desde 1981, se conmovió tanto de lo que veía en la televisión
que empezó a alabar en alto los “efectos visuales” de lo que supuso que era la
nueva versión de Planet of the Apes,
y así continuó hasta que Jane le indicó que se trataba de un discurso del
presidente de los Estados Unidos. Ignoró el comentario y sólo se interesó por
saber de qué iba la computadora portátil que su hija llevaba en su falda.
- ¿Qué es eso? – preguntó Raúl con un entusiasmo que
intentaba contrarrestar la indiferencia de Jane.
- ¿Qué más va a ser? Es mi “laptop” – dijo
automáticamente.
- ¿Y qué haces con ella? – con un entusiasmo inigualable
mientras miraba la pantalla.
- Eh… ¿Hello? Tratando de socializar con mis amigas, tú
sabes. Es Facebook, nada nuevo. Si estás aburrido, usa el internet del “Iphone”
de Lisa, a ver si así reacciona y vuelve en sí – dijo en un tono burlesco y
distanciado.
Le emocionó enterarse de cómo ahora socializar no estaba
ligado ni a ser una persona sociable, ni a hablar con otras personas, ni a tan
siquiera estar físicamente presente. Ahora se podría ser un poco más
impersonal. De todas maneras, le costó casi media hora darse cuenta de que
aquel “Iphone” era el rectángulo pequeño y negro sin botones para pulsar que
sonaba como el R2D2 de la famosa “Star Wars”. A parte de la hija desmayada, la
sala ahora contaba con Jane y Raúl (que más que parientes pasaban por
extraños), cada uno concentrado en su máquina.
Ya un poco desesperado, le pidió a la hija que le
explicase cómo funcionaba el teléfono. Jane sólo respondió que el internet
estaba lento. Raúl no entendía los infinitos cuadrillos que aparecían en la
pantallita del teléfono e intentó resolver aquel rompecabezas. Sudaba entre la
ansiedad y desesperación: estaba en el punto climático de su plan; tenía frente
a sí por primera vez uno de los muchos avances que se había imaginado hacía
treinta años. Le había fallado el producto de pelo, las pastillas, la
televisión, pero aún quedaba esta ilusión. Comenzaba a hiperventilar luego de
que otra media hora pasaba y aún seguía sin entender qué aguantaba en sus
manos. Luego de pedirle ayuda por varias veces a su hija, finalmente encontró
dónde podría entrar al internet. Vio que la pantalla leía “Cargando página
principal”, y que más rápido que el teléfono bajaban las gotas de sudor por su
frente. Su latido se hacía cada vez más fuerte, y llegó al punto de agobiar a
su hija.
- Te dije que el “wi-fi” está lento- dijo Jane
interrumpiendo el momento íntimo entre su padre y la tecnología.
Raúl, que no entendía el lenguaje de su hija, ignoró el
comentario. Trató de hacer que funcionara la máquina pero luego de dos horas,
se rindió. Justo ahí sonó la puerta y entró el hombre que abrazaba a la mujer
de Raúl en la foto de su cuarto.
- ¡Ah, es usted! Del hospital me llamaron para informarme
que vendría. ¿Cómo se encuentra? – dijo el hombre.
- ¿Quién es
usted?- dijo Raúl ignorando su saludo.
- Soy Francisco… he criado a sus dos hijas, señor
Rosario-
- ¿Y mi esposa? –
Y luego de una pausa alargada, Raúl entendió que había
fallecido.
III
Finalmente desanimado, se levantó y pidió que llamaran al
taxista. Comprendió que no solo habían pasado treinta años, sino que los había
perdido. Llegó al hospital y fue adonde Douglas, que se compadeció del pobre
loco al verlo derrotado.
- ¿Lo intentas una vez más? – preguntó el doctor.
- Esta vez, no me despiertes – y calló Raúl.
**El autor es estudiante de Lenguas Extranjeras en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.
**El autor es estudiante de Lenguas Extranjeras en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

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